Era un domingo por la mañana. Uno de esos tibios domingos soleados de invierno en los que tanto me gusta sentarme en la terraza de algún bar dejándome acariciar por los rayos matutinos del sol, mientras leo mi periódico favorito y me tomo un cafecito o algún té de los que te reconfortan y te reviven, y más cuando la plaza está animada por un público alegre y desenfadado, sin prisas ni preocupaciones, disfrutando de la mañana festiva a la caza de alguna chuchería de las expuestas en las paradas de los vendedores ambulantes, mas aquel domingo, recuerdo, era todavía temprano y yo fui, si no el primero, como mucho el segundo o tercero en sentarse en las limpias mesas de la galería de mi cafetería preferida, sospechando que tal vez hubiera madrugado en exceso, pero es que últimamente sentía como si una fuerza misteriosa me empujase fuera del lecho con el primer rayo solar… ¡Ja!, a quien se lo hubiese dicho unos pocos años antes, no se lo habría creído… ¡Yo madrugando!… ¡Caray, qué sorpresa!… Pero la edad todo lo va cambiando…
El caso es que llevaría allí sobre media hora cuando vi aparecer a mi amigo Antonio. Cabizbajo, pensativo, distraído, tanto que pasó por delante de mí sin verme y fue a sentarse en otra mesa un poco más cercana a la pared.
– ¡Eh, Antonio!… ¿Que ya no nos hablamos?
Él miró sorprendido en mi dirección y entonces pude comprobar que sus ojos estaban ensombrecidos por alguna preocupación. Sin embargo, rápidamente se acercó y tomó asiento a mi lado.
-Disculpa, no te había visto.
– ¿Te ocurre algo?… ¿Querías estar solo?… – pregunté.
-No, no… sólo quería tomar un café y pasear un rato… Pero me viene bien haberte encontrado… necesito hablar con alguien y, ¿quién mejor que tú?…
-Pues tú dirás, soy todo oídos…
-Es algo extraño… Recordarás a Ana, ¿no?…
-Tu ex…
-Sí, la misma…
– ¡Jolín, tío, ya deberías haberlo superado!… ¿No te parece?…
-Sí, sí, ya lo sé, tienes razón, pero fueron tantos años juntos, tantos sueños compartidos, tantos proyectos comunes que se quedaron anclados en medio de la nada… es difícil, es difícil… Nuestra ruptura fue bastante dolorosa para mí y me costó mucho levantar la cabeza, creer de nuevo en mí mismo y en los demás, bien lo sabes… – yo asentí, lo sabía muy bien pues lo viví casi en primera línea.- Con el tiempo, en vez de mejorar, la cosa empeoraba, sólo pensaba “ojalá la vea por la calle… ¡ojalá!… ojalá venga esta noche a cenar con los amigos… ¡ojalá!… ojalá me la encuentre en casa de fulano” … Casi me volví en su sombra, no es que la persiguiese obsesivamente, pero casi, sabía con quién iba, qué relaciones tenía, dónde estaría cada noche… y sin darme cuenta me hacía mucho más daño a mí mismo… Patético, ¿no?…
– ¡Ay!, ¡cuántas tonterías hacemos en nombre del amor!… – dije en tono de reprimenda.
-Sí, es cierto, pero no podía evitarlo. No me interesaba ninguna otra mujer con la que pudiese relacionarme, había perdido el interés por divertirme, por salir, por conocer gente y sólo hablaba y hablaba de mi problema y os taladraba a todos mis amigos… Lo siento, pero no me daba cuenta, era algo superior a mí…
-Tranquilo, para eso estamos, para lo bueno y para lo malo, por eso somos amigos, ¿no?
-Gracias – y sonrió levemente. – La cuestión es que mi vida seguía desarrollándose en función de ella y todo lo hacía por “si” … “si ella volviese, no le pediría explicaciones de nada” … “si ella estuviese conmigo, dejaría de beber” … “si ella llegara ahora, me haría el hombre más feliz del mundo” … ¡Uf!… un verdadero infierno porque realmente me olvidé de vivir…
– ¡Guay, no! – me miró atónito. – Por lo menos te has dado cuenta… más vale tarde que nunca…
-Bueno… sí… Pero la cuestión no es esa…
– ¿No?
-No. La cuestión es que ayer me llamó y quería hablar conmigo esa misma noche. El corazón me dio un vuelco tan grande que temí que se saldría del pecho. Así que ni lo pensé. Me arreglé escrupulosamente, me perfumé con exceso, fui a la peluquería porque era incapaz de afeitarme, e hice y deshice el nudo de la corbata varias veces hasta que me salió bien a la vigésima y allí me planté, en el restaurante donde me había citado, cuidando de que la gente no pensase de mí que era un pardillo, intentando aparentar seguridad, firmeza, indiferencia… pero nada, en cuanto la vi, todo fue como un castillo de naipes y no me eché a llorar y a suplicarle que volviese conmigo de puro milagro…- observó durante unos segundos mi expresión ceñuda con una sonrisa de niño indefenso que me dio pena.- Sin embargo, para mi sorpresa, ella estaba más nerviosa, más insegura, más fuera de lugar que yo y comenzó, entre balbuceos, a decirme que me echaba mucho de menos, que se arrepentía de todo y, sobre todo, de haberme dejado, que me necesitaba y que quería volver a empezar porque sabía que su destino estaba conmigo…
– ¡Hola!, ¡caramba, qué sorpresa! ¿Y qué hiciste?
-Nada… Me engullí yo solo casi toda la botella de vino y dejé intacto el entrecot en el plato. Le dije que tenía que pensarlo, ¡yo, que no había sabido vivir sin ella!, y que ya la llamaría. Me levanté, le sonreí y me marché.
– ¡Oh!, ¡qué duro!… ¿Quién eres tú?… ¿Qué has hecho con mi amigo?…
-Así que me fui a mi piso mareadísimo, no sé si del vino o del shock, y subí sin coger el ascensor, cosa que no hago nunca… vivo en un noveno, ¿sabes?… Era algo extraño, no me lo podía explicar… Si eso era lo que tanto había soñado y ahora ocurría, ¿por qué había reaccionado de esa forma tan fría, tan distante?… No le encontraba ninguna explicación. Ni que decir tiene que no pegué ojo en toda la noche y al levantarme esta mañana recordé algo… un poema que escribí hace bastantes años, cuando todavía era feliz, indocumentado y soñador. Lo busqué y, tras revolver carpetas y carpetas, di con él.
Y sacó de su bolsillo un folio ya amarillento por el tiempo donde había un soneto escrito a máquina que decía así:

Yo muero por la presencia, muero, de esa imagen tuya tan querida, eco de un ayer que no se olvida; pese al dolor olvidar no quiero. Vivo en el presente y aún espero recobrar esa mi fe perdida, camino brumoso de la vida, triste nostalgia cual frío acero. Mas temo el tiempo realizable de volverte a ver, mi fiel amada, no fuera mi sueño perdurable, y tanto soñarte deseada y de pronto verte ya alcanzable, vaya a preferirte más soñada.
-Y entonces me di cuenta de qué ocurría, sencillamente yo había cambiado, ella había cambiado, todo era diferente y los amores, amigo, no se repiten porque las situaciones, los recuerdos, los momentos y las personas ya no son los mismos y yo simplemente me aferraba a perseguir fantasmas del pasado y estaba enamorado de un sueño, de una mujer que ya no era aquella que estaba sentada delante de mí en el restaurante…
– ¿Y qué vas a hacer ahora? – pregunté.
-Nada, dejarme llevar, vivir la nueva vida que comenzó cuando cerramos aquella puerta. La vida sigue, aquel amor solo ya es un recuerdo… ¡Ah!, pero si te refieres a dentro de un momento – dijo mientras se levantaba, – voy a darle el poema y a decirle que el tiempo pasa y todo lo madura y todo lo cambia… Ella entenderá…
Y mi amigo se marchó dejándome con mi segundo café y la sensación, ni feliz ni desgraciada, solo exacta, de que, tras cada segundo de nuestras vidas, nada ni nadie es igual que antes.






Deja un comentario