Capítulo 1º

Lo que vais a ver es parte de mi recuerdo. No sé cómo habéis conseguido acceder a él, ya que los recuerdos son para uno mismo y nadie puede saber de éstos a menos que la persona propietaria los comparta. En cualquier caso, vosotros habéis entrado en mi memoria y aquí están…
Ése soy yo. Un joven enclenque, casi famélico, poca cosa, vamos. Así es como me veo en el espejo. Soy inseguro e introvertido, y con dotes para caer fácilmente enfermo. Me tomo las cosas con calma porque eso me permite observar y reflexionar sobre el mundo y las personas que viven en él. Algunos amigos piensan que tanta calma es como si estuviera al borde de la muerte, de ahí mi fragilidad y facilidad para enfermar.
Mirad por la ventana. Hace poco que me mudé a esta ciudad buscando mi futuro. Es la primera vez que vivo más de un día solo. Normalmente mi madre está pendiente de mí. Me prepara la comida, me lava la ropa, me plancha, ¡a veces incluso casi me viste! Se puede poner muy pesada. Me cuida todo lo bien que puede para que no caiga enfermo, que suele ser a menudo, a pesar de todo.
Pero esta vez ha sido distinto. Cuando le comenté que quería irme de casa, a otra ciudad, donde había más oportunidades para encontrar trabajo en algo relacionado con mi profesión, abrió la boca e hizo un ademán de decirme algo. En seguida la cerró y sonrió con esa sonrisa de orgullo y satisfacción que a veces ponen las madres. – Está bien – dijo. Y aquí estoy.
La casa donde vivo ahora es un poco grande para mí solo, pero se ajusta a mi economía y es acogedora. Me encuentro a medio camino entre el núcleo de la ciudad y una urbanización de lujo. Por el norte y el sur, tan sólo descampados. En uno de ellos, no lejos de mi casa, cruzando la carretera que une la urbanización con la ciudad, vive una familia de gitanos, con diversos animales sueltos por los que, supongo, serán sus terrenos. De entre todos los animales destaca uno. Un esbelto caballo negro, de larga crin y paso elegante. Debió ser éste el caballo que Don Quijote veía en Rocinante. Sus compañeros son un popurrí de perros y gatos, burros y mulos.
Y también está él. Uno de los animales pasa inadvertido. Es un burro que se encuentra apartado del resto, situado en una loma colindante con el lugar de pasto de los demás, bajo la sombra del único árbol que veo por los alrededores. Quizá por eso pase desapercibido a primera vista. Se queda quieto, bien porque sus dueños lo atan al árbol, bien porque es un burro obediente. En cualquier caso, ahí está, mirando al resto o pastando hasta que, en ocasiones, lo recogen un momento, lo llevan dentro y lo devuelven al mismo lugar pasada como una hora.
Pero cuando uno vive cerca, se da cuenta de que el burro no pasa desapercibido por mucho tiempo. A menudo el burro rebuzna de manera desgarradora y alarmante. Emite los alaridos más largos y profundos que haya escuchado de animal alguno. Empiezan de manera suave. Esto quiere decir que se pueden escuchar en varios kilómetros a la redonda, pero son moderados, como un rebuzno normal. Pero el grito se extiende en el tiempo y su volumen aumenta. Cuando llega a escucharse en toda la ciudad, entonces el rebuzno se vuelve entrecortado, como los jadeos de alguien con asma, primero chillidos cortos y luego más largos. Hasta que, al final, en un extenso y sonoro suspiro, exhala y cesa.
El motivo de estos chillidos, porque así me lo parecen, aún lo desconozco. Puede que sean debidos a algún tipo de maltrato que sufre el animal, a la falta de comida en la tierra yerma donde se ve obligado a pastar, o puede que sea algún tipo de reivindicación, una protesta por el trato separatista que le dan. Tal vez el tiempo me dé la respuesta.
Cada día que pasa observo más a menudo. Casi siempre lo encuentro ahí, cerca del árbol, ora pastando, ora mirando con tristeza a los que tienen la libertad de movimiento, ora protegiéndose de la hirviente mirada del sol a la sombra del árbol. Empiezo a sentir lástima por el pobre animalito. No se me ocurre motivo por el que le hayan condenado a pasar tal calvario. Puede que cuando está con los demás se vuelva violento.
La duda me corroe.
Capítulo 2º

Empleo la mayor parte de mi tiempo recorriendo esta increíble ciudad de una punta a otra en busca de trabajo. A pesar de la distancia que separa mi casa del núcleo urbano, suelo ir a pié. Siempre que paso por la carretera, junto al descampado, de vuelta al hogar o de camino a la bulliciosa urbe, me encuentro al burro. De día o de noche, atado al diminuto arbolito, sólo puede alejarse para llegar al abrevadero, unos metros más abajo de la loma. Es justo la longitud de la cuerda que lo encadena. Desde la distancia lo miro. ¿Me está observando o sólo es una impresión? Desde aquí no consigo distinguirlo.
Andar me permite disfrutar del aroma y de la luz, abundante en esta región del país. El sol brilla durante muchas horas al día y muchos días a la semana. Me llena de energía. Sin embargo, el calor llega a ser insoportable a veces, sobre todo pasado el mediodía. Estoy más acostumbrado a las altas temperaturas de verano, pero esta flama me ahoga.
El calor es peor por la noche, a la hora de dormir. Las temperaturas se vuelven más agradables que durante el día y dar un paseo puede convertirse en una delicia. Es una temperatura que te reactiva después del desplome sofocante del día. Pero precisamente ello me impide conciliar el sueño. Suelo, entonces, levantarme a por un poco de agua para refrescarme. La ventana de la cocina mira adonde se encuentra el burro e incluso de madrugada percibo su presencia. Me pregunto si durante el frío invierno también lo dejarán allí, solitario y sin resguardo.
Esta noche no es diferente, el termómetro juega a no dejarme descanso. Cuando parece que la almohada ha conseguido atraparme, algo me sobresalta. Es otra vez el maldito bicho. Su rebuzno, que se extiende por la negrura como una niebla densa, ahogándolo todo en su tronar, entra por las ventanas abiertas de mi habitación. Como ese hermano que quiere fastidiar y no dejarte dormir, me da codazos de chillidos en los oídos. Pero no puedo cerrar las ventanas, me asfixiaría.
Repito la misma rutina de los días en vela. Me levanto tambaleante, dubitativo, pero, además, asqueado en esta ocasión, y me dirijo a la cocina a por mi vaso de agua. De paso, aprovecho para adivinar qué le ocurre a este quejumbroso ser. Ahí está, pasmado bajo el arbolillo, como siempre. Sus razones tendrá para tal berrinche, me digo. Y siento lástima por él, a pesar de mi enfado.
Con estos pensamientos en la cabeza, comienzo a andar por la casa. Para tomar el poco aire fresco que puedo exprimir del reino de Nix, me asomo a otra ventana, la que mira a la urbanización, y observo la oscuridad, desdibujada por la luz artificial de las farolas. Esta visión me alegrará más que contemplar al burro. Paseo mi mirada por las calles y reparo en algo tirado en la acera bajo mi ventana. Parece que un estudiante ha perdido su portafolio o su carpeta de vuelta a casa.
Capítulo 3º

Creí que encontrar trabajo iba a ser más sencillo. Sin embargo, muchos días han pasado y mi moral está flaqueando. Las semanas avanzan, pero cada vez con mayor lentitud. ¿Cuánto tiempo llevo en esta situación? Un día sigue al anterior, igual que aquél, confundiéndome. No los distingo. Y el calor continúa perenne, persistente, como si se tratase de una plaga bíblica que hubiese caído sobre esta ciudad caníbal.
¿Cuánto dura el verano en esta región? Me siento como dentro de un horno. La temperatura me aplasta contra el asfalto, me derrite y parece que quiere cocinarme, quemándome la piel y hasta la carne. No es extraño que sienta flaquezas cuando salgo por la puerta.
Esta desmoralización se conjuga con la falta de sueño y me pasan factura. Hay noches en que siento la fiebre acercarse, aunque, afortunadamente, nunca termina de llegar. Durante los primeros días aquí, estando solo, pensé que podría superar mis debilidades. Por primera vez me sentía fuerte. Parece que me equivoqué y el maldito animal de ahí fuera me lo recuerda con cada rebuzno. Me provoca dolor de cabeza oírlo.
Poco a poco, mi flaqueza se convierte en crónica y enfermiza. Casi ni puedo levantarme de la cama. El dolor de cabeza que me producen los alaridos del dichoso asno se ha instalado permanentemente en ella, como si fuera su casa, paseándose de un lado a otro según el vaivén de mi azotea. Me siento cansado, pero la fiebre, que finalmente ha llamado a mi puerta, y este dolor no me dejan descansar. Desespero.
Ahora temo salir de casa. Tengo miedo a que me coja la fiebre por el camino de tal manera que, si no hay nadie cerca que me ayude, me quede tirado en el suelo sin poder moverme. A las tres de la tarde, bajo el hiriente sol, eso sería nefasto.
No me atrevo a contárselo a mi madre para que no se preocupe o se disguste, pero me parece que sospecha algo. Debe notárseme en la voz y, por eso, cuando hablamos por teléfono, siempre me pregunta que si me encuentro bien. Yo contesto, con la voz más alegre y natural que puedo, que como nunca. Y en parte es cierto. Jamás había tenido una dolencia tan grave y creo que la culpa la tiene el burro. Tal vez haya algún tipo de conexión entre nosotros. Él ahí y yo aquí, los dos en nuestro encierro particular.
Tengo la impresión de escuchar sus rebuznos a todas horas, pero de noche son los más aterradores. Cuando los coches callan y puedo oír las conversaciones de los grillos en el campo, los gritos del burro suenan más claros, amplificados y multiplicados al hacer eco con los edificios de la urbanización del otro lado. El rebuzno se desdobla en hordas de voces que se repiten hasta que él deja de cantar. Es entonces cuando las voces se van callando poco a poco, deshaciéndose en la noche hasta que se apagan. Paréceme como si el infierno hubiera abierto sus puertas, dejando escapar las almas en ejército de los burros tozudos. Que éstos hubieran empezado a rebuznar a la par y se mantuvieran así hasta que decidieran, comandados por mi enemigo, regresar al lugar de donde salieran. Cuando cesa el rebuzno y todos sus ecos, el silencio más absoluto que haya escuchado se come la ciudad. Parece como si el mismo Satán hubiera hablado.
Capítulo 4º

Mi salud oscila durante los días que pasan como una ola que lame la orilla de la playa, yendo y viniendo con la fuerza que el viento le impulsa. Hay días en que me encuentro mejor y otros en los que pareciese que una tormenta me estuviese zarandeando, como a la mar. Sin embargo, tengo la sensación de que lo que agita mi ánimo es aquel burro.
Hoy hace una noche espléndida, fresca, en la que una gran luna vierte su luz plateada sobre los campos secos de esta región. Eso permite ver a larga distancia, aunque más allá del brillo amarillo de las farolas se perciban sólo siluetas recortadas en el horizonte.
Me encuentro un poco mejor, parece que el asno ha estado tranquilo todo el día y decido asomarme a la ventana y observar en lontananza, intentando evitar la visión de aquel ser. Al mirar hacia fuera, me siento un poco menos encerrado en estas cuatro paredes y puedo respirar el aire fresco.
Nada se mueve alrededor: las calles vacías, los campos sin vida apreciable y el cielo cubierto por las alegres y sempiternas estrellas. Tan sólo llego a ver lo que me parece una lechuza posada en un rincón oscuro de una casa contigua. Pero, aparte del ave, nada. Sólo ese cuadrúpedo que me atormenta y que se ha convertido ya en parte de un paisaje inanimado.
De la calma surge un chaval joven bajando por el camino que va desde la urbanización hasta la ciudad. Luce una sonrisa pícara en su rostro. Probablemente venga de pasar un rato junto a su novia y ahora retorna a casa. Bajo esta romántica estampa de la noche veraniega, él es el único elemento que faltaba para completarla. Se respira el verano.
Pero cuando el chaval lleva la mitad del camino recorrido, pasada ya mi ventana y llegado al linde con los terrenos donde habita el burro, éste rompe el silencio y quiebra el hermoso cuadro que estaba contemplando.
Empieza a rebuznar. El chaval se asusta por un momento, se para y mira hacia el lugar de donde provienen los gritos. Cuando comprueba que el voceador es sólo un burro y que está lejos de él, continúa de nuevo, ensimismado en sus pensamientos. Y la sonrisa vuelve a sus labios.
Pero algo ocurre que no había visto nunca. De la casa de los gitanos un hombre sale en silencio. Sigilosamente se acerca al muchacho que, para cuando repara en la presencia del gitano, ya se ve abordado por éste.
Quisiera gritar, advertirle, dar el aviso de que algo ocurre, pero siento que, de hacerlo, consumiría las únicas fuerzas de vida que me quedan. Y no hago nada.
El hombre le propina en la cabeza un golpe con un objeto que no llego a distinguir y el chico cae al suelo. Enseguida más gitanos aparecen y se llevan entre todos al muchacho. Uno de ellos, en vez de dirigirse con los demás a por el muchacho, va a recoger al burro y lo introduce en el recinto de la casa.
Nadie queda fuera ahora. Ni un sonido, ni un movimiento enturbian la solitaria escena. Únicamente la lechuza parece haber reaccionado al ajetreo que se ha producido y levanta el vuelo. Tan sólo oigo el sonido de sus alas.
Capítulo 5º

Él está ahí: perenne, me observa, vigila mis movimientos. No lo veo, pero lo sé. Me desafía. Ha pasado una semana desde el incidente con aquel chico y el burro me reta cada noche con su rebuzno. Evita que me olvide de lo que ocurrió y alienta con sus exhalaciones la intriga que me corroe.
Mis noches se vuelven tormentosas. Primero me abordan los sueños, envueltos en papel de recuerdos de aquel día: el burro cantando, el chaval asustado, el ataque de los gitanos, la llegada de la policía que acudió a mi llamada, y su posterior salida de la casa bromeando con los asaltantes. La imagen de sus rostros mofándose en mi cara, preguntándome si no estaría enfermo, sugiriendo que lo había imaginado, me altera. Sus facciones se me aparecen deformes, articulando muescas grotescas y velazquianas. Y sus risas, perfiladas por dentaduras melladas y bocas torcidas, retumban en el vacío del sueño.
Despierto con un sobresalto y compruebo con horror que las risas que aún resuenan en mi cabeza se funden con el rebuznar de aquel maldito animal, como si éste tuviera el poder de moldear esas imágenes a su antojo cada madrugada.
No lo soporto más. Mi desesperación me conduce, inevitablemente, a actuar; he comprendido que, de no saciar la curiosidad que me come por dentro como mil termitas agujereando mis débiles huesos, acabaré por hacerme daño. He decidido investigar por mi cuenta, resolver el misterio, me lleve a donde me lleve.
La siguiente luna llena a la fatídica noche se alza otra vez sobre el cielo, altiva y majestuosa, reclamando su reinado con una corona estrellada. Gentilmente alumbra mis pasos como una madre protectora. Mi casa no dista del refugio gitano más de trescientos metros, pero en este páramo yermo parece una distancia insalvable.
Espero a que se calme el bullicio en el exterior, a que la ciudad duerma, a que sólo quedemos él y yo ahí fuera. Salgo por la parte delantera del edificio, por donde el burro no puede verme, y enseguida busco la cómplice oscuridad. Espero acechante.
Escudriño el horizonte sin apartar la mirada del animal. En cuanto noto que aparta la vista de la dirección en la que me hallo, corro hacia la morada gitana. Nada más llegar al descampado, me lanzo al suelo. No me queda otra solución más que arrastrarme por él; no quiero ser descubierto por su infatigable vigilancia. Metro tras metro voy acercándome al caserío. Sin perderlo de vista, avanzo cuando no me observa y me detengo, muerto, cuando dirige sus orejas o sus ojos hacia mí.
Me sorprendo de la energía que inunda mi cuerpo, algo que no había sentido en muchos meses. Tal es la fuerza del miedo, de la adrenalina. Me recreo en ello a cada brazada, a cada honda bocanada. Hoy el aire sabe más fresco y llena completamente mis pulmones.
Ya falta poco. Apenas quedan unos metros hasta uno de los muros de la casa. Avanzo algo más, cuando, horrorizado, escucho la señal de alerta: el burro disemina su grito a los cuatro vientos, convirtiendo el aire en un manto pesado. Me estremezco; quedo yerto, no sé bien si paralizado por el miedo o por el instinto de supervivencia. Ni un movimiento mientras aquel grito desesperado vibra a lo largo del tiempo y de mi cuerpo.
Cuando cesa, busco por todo en rededor algún movimiento, algún signo de la presencia de los gitanos. Pero no encuentro nada. Parece que, simplemente, el burro tenía ganas de desperezarse.
Con el ánimo recobrado, sigo adelante. Ya casi puedo tocar la casa. Levanto un brazo para asirme y levantarme. Y, de pronto, dolor y oscuridad…
Capítulo 6º

Me despierto perdido. Esta noche, mis sentidos han caído en un extraño ciclón negro que los ha zarandeado para, después, escupírmelos y devolvérmelos de nuevo. Es esta maldita enfermedad; me obliga a estar tanto tiempo postrado que me desorienta. Trato de incorporarme, pero un aguijón taladra mi cerebro. Intento abrir los ojos, pero hasta eso me cuesta. No puedo, todo es oscuridad. ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo llevo dormido?
Oigo que algo se mueve en la penumbra; hay alguien más en la habitación. Consigo extraer un débil hilo de voz de mi garganta para pedir asistencia y mis labios articulan su usual recurso: – ¿Mamá? – ¿Habré vuelto a casa? ¿Habrá sido toda mi aventura fuera del hogar un sueño, el deseo de un niño cobarde? No soy capaz de hilar mis pensamientos, el dolor que me atraviesa ponzoña mi raciocinio.
Trato de incorporarme una segunda vez y, ahora sí, consigo abrir los ojos. Lo primero que aprecio es la sombra, el otro inquilino de esta extraña estancia. Se mueve y deja a la vista una pequeña ventana por la que fluye una serena luz plateada, como arroyuelo de aguas tranquilas. La luna es la fuente de este torrente: un rostro afable que intenta paliar la sed que siento. Una paz inusual, un hipnotismo infantil me abriga por un breve instante.
Gracias a la nueva claridad, medio incorporado y turbado, descubro con horror mi famélico cuerpo. Desgastado, compuesto de pellejos desnutridos sobre un armazón de huesos, con la piel amarillenta, de cariz plástico a la luz de la luna, parezco un trapo, una marioneta a la que le faltaran los disfraces e hilos. ¿Tanto me he descuidado? ¿Tanto me he obsesionado por…?
No termino de formular la pregunta en mi cabeza. Como invocado por mis pensamientos el rebuzno de aquel asno terrible resuena por toda la habitación y por mis tímpanos como el rugido de una locomotora entrando furiosa a una estación. Es tal el estruendo, que mi cuerpo parece vibrar a su son y casi a punto de romperse en mil pedazos como un fino cristal.
Los recuerdos se agolpan en mi memoria como aguas que cayesen por una cascada: mi escapada nocturna, la incursión por el campo de los gitanos, su casa, el dolor en mi cabeza… Mientras pienso en todo ello, me llevo la mano, por instinto, al punto donde sentí el golpe antes de desvanecerme y compruebo que hay algo de sangre, aunque no parece grave.
Pero este animal astuto, no deja que me embelese, no desea que ordene los muebles en mi azotea. Se mueve, se retuerce y, como si hubiese estado esperando para ver la mueca de mi rostro, es ahora, cuando nota que estoy despierto, que se fija en mí. ¿Es que se está riendo? Su enorme dentadura brilla perlada reflejando la luna en su máximo esplendor. Sólo eso veo… y sus ojos.
¡Bestia inmunda, burro del infierno, montura de Belcebú salida directamente del Inframundo! El pánico me invade y me paraliza al descubrir, con asombro, que sus colmillos están anormalmente desarrollados. Mi razón no quiere entender lo que ve, no puede. ¡Este demonio, digna mascota del mismo Drácula, desea mis escuálidos huesos! Estuvo jugando conmigo todo este tiempo y ahora se burla de mí, se mofa en mi cara, se divierte con mi terror.
Me lanza una última risotada, un último rebuzno, tan cerca, que siento su aliento como un viento cruel sobre mi rostro: un hálito de muerte reencarnado en un burro, un asno, un borrico que nada tiene de tierno. Inmóvil, derrotado, el animal se toma su tiempo. Me olisquea, me recorre arriba y abajo, hasta que se decide. Y muerde. De todas las partes de este esqueleto apenas vivo, ha decidido empezar por los…






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