Las palabras mienten, de Fe Blasco

Luna Park (2025) marca el esperado retorno de Marina Perezagua al cuento tras su periplo novelístico. La autora sevillana, reconocida por su mirada incisiva y su prosa inconfundible, entrega aquí diez relatos que funcionan como una carta de despedida a Nueva York, pero también como un espejo deformante de una sociedad estadounidense al borde del colapso. El título, inspirado en el cuadro Las palabras mienten de Fe Blasco y en el mítico parque de Coney Island, anticipa ya esa atmósfera de ilusión decadente: “sigue funcionando aunque ya no exista”, como apunta la propia autora, evocando la persistencia de lo irreal en un mundo en declive.

Uno de los grandes aciertos del volumen es su capacidad para captar la contradicción vital a través de escenas de alto voltaje emocional. En “El tercer hijo es el horror”, el humor absurdo y la inquietud se entrelazan desde la primera página: “A mi marido acababan de hacerle la vasectomía y por lo visto el médico le había dicho que tenía que ‘vaciarse’ no sé cuántas veces. La primera vez lo hice gustosa. (…) Las demás veces le dije se vaciara el solito”. Esta frase, a medio camino entre el chiste y la confesión, sintetiza la ambivalencia de la maternidad que atraviesa el libro. En otro relato, “Violeta no tiene porqué”, la protagonista se enfrenta a su madre con un rencor casi físico: “Mi madre, incapaz de hacer frente a los cuidados ajenos, se apartó de nosotras, como esas gatas que rechazan a los cachorros enfermos”. Detalles como estos, junto a escenas como las afirmaciones sarcásticas en el parque ¡en “Diez palabras”“Qué niña tan alta y guapa, se parecerá a su padre, ¿verdad?”—, anclan los relatos en una realidad reconocible y, a la vez, extrañada.

Perezagua articula su libro en torno a la maternidad, pero lo hace huyendo de cualquier idealización. Los niños, neonatos o infantes, orbitan en torno a madres que sienten ternura y rechazo, paranoia y esperanza, a menudo en el mismo párrafo. Esta tensión afecta al lector al situarlo ante dilemas morales y afectivos irresolubles: ¿qué significa traer vida a un mundo que se percibe como hostil? La constante alternancia entre dolor y humor, denuncia y consuelo, evita el derrotismo y conecta con una sensibilidad propia de la literatura contemporánea, donde la ambigüedad y la ironía son herramientas para captar la complejidad del presente. Así, Luna Park dialoga con obras de autoras como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez, que también exploran lo inquietante desde lo cotidiano, aunque el enfoque de Perezagua sea más lúdico y menos proclive al terror explícito.

La ironía y el humor no son simples adornos, sino auténticos mecanismos de autodefensa frente a la decadencia social. La risa surge como reacción necesaria ante lo insoportable. Esta ironía, lejos de anestesiar el dolor, lo ilumina y lo hace soportable. Perezagua emplea el humor como resistencia, recordando a veces la mordacidad de Cristina Morales, pero sin renunciar a la ternura. Frente a la amenaza de una Nueva York violenta y solitaria, la autora opta por la burla inteligente y la paradoja. En comparación con otros contemporáneos, como Juan Gómez Bárcena o Elvira Navarro, Perezagua apuesta por una ironía más luminosa y una comicidad que no oculta la crítica, sino que la potencia.

El estilo de Perezagua es una de las mayores virtudes de Luna Park. La prosa, reconocible por su visualidad y precisión, se ve salpicada de leves deformaciones gramaticales que generan una sensación de desplazamiento y extrañamiento. Estos giros, lejos de ser errores, funcionan como recordatorios de la extranjería de la narradora y enriquecen la lectura al obligar al lector a detenerse y repensar las frases. Los fragmentos ensayísticos, a veces insertados de forma abrupta (“La maternidad no es milagro, es estadística y azar”), añaden densidad conceptual y permiten que el relato se abra a la reflexión sin perder su tensión narrativa. Esta hibridación, que recuerda a la de Valeria Luiselli o Sara Mesa, dota al libro de una textura singular y estimulante.

Luna Park confirma a Marina Perezagua como una de las autoras más singulares y valientes del panorama español actual. Su capacidad para combinar la crítica social con la ternura, la ironía y el humor, y para experimentar con el lenguaje y la estructura, convierte este libro en una experiencia literaria intensa y renovadora. No es una lectura complaciente, pero sí profundamente vitalista y necesaria, capaz de hacer reír, incomodar y emocionar al mismo tiempo. Una obra que, sin duda, merece ser leída y releída por quienes buscan en la literatura algo más que entretenimiento: una mirada lúcida y rebelde sobre el mundo contemporáneo.

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