Alicia quería escribir poemas, pero no entendía la poesía.

En las entrañas de Castellnovo, pueblo recogido entre colinas que se alzan como hombros de titanes dormidos, el aire exhalaba fragancias de tierra mojada y aceite nuevo. El viento, travieso, serpenteaba entre olivares centenarios y torres de piedra, deslizando secretos en un idioma antiguo. Allí vivía Alicia. Diecisiete primaveras, mirada de universo oscuro—calma de lago en medianoche—y un corazón que latía con ansia de versos. Pero la poesía era un acertijo indescifrable: leía odas y encontraba solo laberintos, piezas sueltas de un rompecabezas sin imagen.

—¿Por qué la luna se derrite como un reloj en agonía? ¿Por qué el amor hiere como una rosa de cuchillas?—, mascullaba, garabateando rimas pueriles, “gato” con “zapato”, ecos de infancia perdida. Decidió entonces buscar respuestas, inscribiéndose en el taller de poesía del instituto. Pero ansiaba más: desvelar el secreto, encontrar el resorte oculto tras la cortina de los versos.

Lluvia furiosa. El cielo llora perlas grises sobre las tejas, tamborileo que lo envuelve todo. Alicia cruza el umbral de la biblioteca abandonada, refugio al filo del bosque. El lugar duerme, cargado de polvo y recelos. Entre estanterías desplomadas, descubre un volumen: Susurros en la Sombra, sin firma, sin fecha. Lo abre:

“En el espejo astillado, la verdad se fragmenta,

la joven ansía rimas, mas el eco la engaña.”

Un escalofrío le recorre la piel. Mete el libro en la mochila y huye bajo la lluvia. El viento parece llamarla por su nombre, arrastrando consigo algo invisible.

Esa noche, la inquietud la mantiene alerta. Sueña con un espejo roto, fragmentos girando como luciérnagas atrapadas en un torbellino oscuro. Despierta. El espejo de su alcoba yace hecho añicos. Nadie lo ha tocado. Siente un vértigo: ¿casualidad o advertencia?

Recorre el tomo polvoriento en busca de pistas:

“La presencia sin rostro guarda un enigma,

en la hojarasca inscrita, el misterio se desvela.”

No duda. Al crepúsculo, se adentra en el bosque. Hojas, barro, el aliento frío del aire. Sobre la tierra, palabras talladas por viento o sombra: “Alicia no ha de saber… el libro me invoca”. El corazón golpea. Frío. Un presentimiento. El taller, al día siguiente, resulta tenso, cargado de silencios. La maestra menciona ecos extraños, versos en el aire. Castellnovo hierve en rumores: presencias, susurros, miedos encarnados.

Alicia, acuciada por la culpa y el desvelo, regresa al libro. Encuentra una nueva clave:

“La cabaña en la colina guarda la llave,

donde el viento entona nombres sepultados.”

La cabaña, ruina envuelta en fábulas de una poeta enloquecida, perdida en el olvido. Alicia sube esa noche, linterna temblorosa, viento cortante, pasos decididos. El interior huele a humedad y nostalgia. En el sótano, una caja de cartas amarillas. “Querida buscadora: el libro es tu herencia invocada. Úsalo con cautela”, lee. Firma: “Una poeta sin nombre, tejedora de sombras”.

No una antepasada. No un linaje. El don no es sangre, sino invocación. Alicia entiende:

El don es la capacidad de dar vida a los versos, de hacer que las palabras se materialicen y alteren la realidad. Pero no es un regalo inocuo. Es el poder de crear y desencadenar fuerzas que solo el corazón sincero puede guiar.

Arriba, un crujido. Ya no hay tiempo para dudas. Pasos cortos. Silencio cortante. La linterna tiembla.

Sombras danzan en las paredes. Papeleo revolotea, viento rabioso. La presencia se manifiesta. Alicia grita:

—¡Basta! ¿Qué eres realmente?

El aire se comprime, responde en susurros rotos:

—Soy la voz de los versos no escritos. Busco nacer a través de ti. La poesía es poder, no adorno. Cada palabra es destino.

La lucha es brusca; frases cortas, directas. El suelo vibra, la cabaña amenaza con caer. Alicia se aferra al tomo. Una página se desgarra, deja ver un verso oculto:

“La sombra tropieza, la poeta despierta,

en el abismo, la verdad se libera”.

Un temblor. El suelo cede. Todo ocurre deprisa. Alicia cae entre zarzas y piedras, arañazos como firmas de la noche. El viento la persigue, ulula. La fuerza la atrapa, la envuelve, la tienta con su promesa. Alicia duda. Pero entonces, una claridad la atraviesa:

Comprende, en un destello interior, que sus versos no solo han descrito el peligro, sino que lo han creado. Ella es la autora de la amenaza, la tejedora inconsciente de esta realidad distorsionada. El don es espejo y martillo: forja y refleja.

—¡No! —clama, por dentro y por fuera—. No te dejaré decidir por mí.

Recuerda las cartas, la advertencia: no confiar en la fuerza que despierta. Respira hondo, toma el control. Decide cambiar su historia, transformar el verso en salvación:

“Donde la sombra acecha, la luz pronuncia,

la voluntad de la poeta disipa la bruma.”

La entidad vacila, su forma se disuelve. Un último susurro: “Solo quería existir…”. El viento se calma. Alicia, magullada pero intacta, sube la pendiente. Ha recuperado el control; ya no es marioneta, sino autora. Sabe ahora: el don no predice, crea. El peligro y la redención nacen de su pluma, tan reales como el frío en la noche.

Pero todavía hay una duda que le corroe:

– ¿Para qué sirves, Poesía?

Y la Poesía le responde:

“¡Oh, Alicia, tejedora de palabras en Castellnovo, donde las colinas guardan ecos de versos antiguos! Preguntas por mi esencia, Poesía, como si yo fuera un enigma más en tu libro de sombras. Mas escucha, doncella de ojos como lagos de medianoche, pues sirvo no como herramienta burda, sino como puente etéreo entre el alma y el infinito.

“Sirvo para desentrañar el caos del mundo, transformando el dolor en pétalos de rosa, el amor en ríos de luz, y el misterio en danzas de palabras. En tus giros de intriga, ¿no viste cómo tejí realidades? Sirvo para curar heridas invisibles, para invocar fuerzas místicas que despiertan el don dormido en tu pecho. Sirvo para que el corazón hable lo que la boca calla, para que las sombras etéreas bailen y revelen verdades ocultas.

“Sirvo para libertad, Alicia: para romper espejos astillados y renacer en rimas eternas. Sin mí, el mundo es prosa gris; conmigo, es un tapiz vivo de sueños. ¿Para qué sirvo? Para ti, para todos: para ser el eco que transforma la vida en arte inmortal.”

Semanas después, bajo la mirada atenta de las colinas, Alicia publica su primer canto: “Espejos Astillados”. Imperfecto, sincero. Por fin comprende: la poesía no es un enigma remoto, sino la urdimbre de su vida, sus dudas, su coraje. Y Castellnovo respira, libre de presencias ocultas. Para Alicia, cada colina rima con la promesa de libertad.

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