Aquella tarde Alicia llegó como una tormenta de verano: de golpe, con prisas y directa al grano…

-¿Qué es lo primero que debo saber si quiero escribir un cuento?

Tardé un poco en responder, pues me había cogido por sorpresa y con la guardia bajada.

– Vaya, yo también me alegro de verte… – pero antes de que respondiera a mi ironía, decidí entrar en materia: – Lo más importante es aprender a usar la herramienta más maravillosa que la naturaleza nos ha dado: la imaginación. Todos la tenemos, pero no todos sabemos cómo emplearla bien. Hay quienes la dejan dormir, y poco a poco se va atrofiando, otros la usan de manera exagerada y sin mucho sentido. Pero cuando uno logra manejarla con destreza, surgen creaciones tan elegantes que merecen llamarse obras de arte.

Alicia me miró con cierta curiosidad, pero pronto volvió a la carga:

– ¿Y cómo puedo ejercitar esa imaginación?

– Pues lo primero es sumergirte en el mundo que te rodea, ir más allá de lo que ves a simple vista. No solo miras las cosas, sino que te vuelves ellas, piensas y sientes como ellas. Esto aplica tanto a objetos como a seres vivos, incluidos los humanos. Para desarrollar la imaginación, hay que liberarla, dejarla salir de tu zona de confort, que descubra el mundo como lo haría un perrito curioso.

Tras mis palabras hubo un espacio de silencio que Alicia aprovechó para fruncir el ceño y modular su voz en un tono sarcástico:

– ¿Puedes darme un ejemplo de cómo hacerlo?

– Claro – sonreí victorioso. – Imagina que vas en un autobús y ves a un joven con un bebé. Observa cómo reaccionan los demás pasajeros. Ahora, ponte en el lugar del joven: ¿cómo se sentirá siendo el centro de atención, cuidando solo al niño? O si prefieres, sé el bebé y crea un mundo lleno de descubrimientos y sorpresas, donde todo está por aprender.

Alicia afirmó con su cabeza mientras parecía meditar hasta que, una vez asumido lo dicho, volvió a preguntar:

– ¿Y después ¿qué sigue para crear la historia?

– El siguiente paso es hacer conjeturas sobre el personaje: ¿Va a ver a los abuelos del niño mientras su esposa trabaja? ¿Es viudo y no tiene con quién dejarlo? ¿Lo ha raptado y piensa pedir un rescate? ¿Es policía devolviendo al niño a sus padres? ¿Un terrorista con una bomba oculta en la cunita? Así, puedes generar historias de todos los géneros.

De nuevo afirmó pensativa, aunque no tardó en dar rienda suelta a sus pensamientos:

– Supongo que se puede complicar aún más la historia…

– Por supuesto – afirmé. – Puedes agregar la perspectiva de otro personaje, como tu acompañante en el autobús. Quizá lo que tú ves como un bebé adorable, esa persona lo ve como un contrabando de drogas o diamantes, sospechando que el joven es un ladrón o traficante. Cada punto de vista enriquece la narración.

– Entonces… – dudó un poco, – ¿lo cotidiano no sirve para un cuento?

En esta ocasión quien afirmó con su cabeza fui yo:

– Lo cotidiano puede parecer poco interesante, pero si lo redescubres y lo deformas, es capaz de volverse fantástico e inesperado. ¿Quién asegura que ese niño no sea un líder extraterrestre disfrazado, acompañado de su robot asesino? Eso es desenfocar la realidad, verla desde una perspectiva insólita y divertida.

– ¿Quieres decir que los cuentos siempre deben ser fantásticos? – interrogó intrigada.

– No necesariamente – le aseguré. – Un cuento puede tratar sobre lo real y cotidiano, pero siempre visto desde el punto de vista del autor, quien lo interpreta y recrea a su manera. La objetividad, en realidad, solo existe en la naturaleza.

– Quiero ejemplos – me exigió mi adorable compañera.

– Vale, perfecto – y navegué entre mis archivos hasta dar con lo que buscaba. – Mira, aquí tengo estas notas del escritor vasco Bernardo Atxaga donde explica todo esto de forma brillante y sus palabras pueden ayudarte aún más a comprender este proceso. ¿Te lo leo? – ella asintió. – Perfecto. Es un fragmento de un artículo titulado:  “Método para escribir un cuento a vuelapluma.” Y dice así:

“Una vez relajados, con los folios numerados y la pluma estilográfica en la mano, observamos con atención.

“¿Qué se ve desde la ventana? (…) ¿Algún parque? ¿Se ve algún parque? ¿Se ve quizá una ría que, viniendo del mar, acaba adentrándose en la parte baja de una ciudad?

“Imaginemos que eso es lo que vemos (…) De todas formas vamos a mantenernos en posición contemplativa durante un buen rato (…) En ese momento hay que aprovechar la concentración, identificarse con la pluma y ponerse a volar con ella (…)

“Hay cosas que se mueven o parecen moverse. Y el que más se mueve de todos es un anciano que brinca una y otra vez y parece bailar una jota. Reflexionemos un poco, concentrémonos un poco más: ¿qué hace en realidad el anciano? ¿Intenta entretener al nieto que, posiblemente, se ha puesto a llorar en su cochecito?

“De acuerdo, no es fácil (…) Dos o tres fracasos no nos deben preocupar, la gloria de la literatura a vuelapluma corresponde a los fuertes, a los incansables, a los voluntariosos (…) Hay gente que lo ha conseguido en el decimoséptimo intento.”

En conclusión, la mejor virtud que tiene un escritor es la imaginación, sin ella puede atesorar una gran técnica, unos vastos conocimientos, pero todo lo que escriba estará hueco, sin vida, serán meros formalismos similares a una carta de negocios o a una instancia oficial. Sin embargo, la imaginación requiere de un aprendizaje previo, de un entrenamiento y de una disciplina para sacarle el mayor provecho. La realidad que nos rodea es un filón inagotable de historias si sabemos sumergirnos en su interior y deformar todo aquello que vemos tal y como nos dicte en cada momento nuestra fantasía.

– Vale, creo que lo he captado – dijo Alicia más relajada. ´- Pero antes de irme, ¿podrías aconsejarme un cuento que me sirva de ejemplo?

– Por supuesto. Te voy a leer uno breve escrito por el genial Jorge Luis Borjes, titulado “La casa de Asterión”. Por si no lo sabes, Asterión era el nombre del Minotauro. ¿Dispuesta?

– Dispuesta – y por primera vez en todo el rato asomó una sonrisa en su rostro.

– Perfecto, pues allá va:

“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo, hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

“El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

“Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

“No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

“Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

“El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

“- ¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. “

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