
Regina Ullmann (1884-1961), escritora suiza de origen judío convertida al catolicismo en 1911, es una figura enigmática dentro de la literatura germanófona del siglo XX. Influida por autores como Rainer Maria Rilke y Robert Musil, su obra se distingue por una sensibilidad mística y una profunda introspección sobre lo cotidiano. “Camino rural” (Die Landstrasse, 1921), traducido recientemente al español por Anna Rossell Ibern y editado por Rosamerón en 2025, reúne once relatos breves que, más que narraciones convencionales, se asemejan a poemas en prosa. Estos cuentos exploran la vida rural, trascendiendo lo descriptivo y fusionando lo real con lo onírico y lo espiritual. Para ilustrar el estilo de Ullmann, puede citarse un fragmento del relato titular: “La narradora describe el paisaje como ‘una tierra seca que cruje bajo los pasos’, lo que transmite la hostilidad y la introspección del relato.” Así, el lector experimenta directamente la atmósfera y el ritmo característicos de su prosa.
En cuanto al aspecto formal, Ullmann despliega un estilo singular que la sitúa como una autora “profundamente peculiar”, según el crítico Michael Hofmann. Sus relatos no adoptan una estructura narrativa lineal, sino que se presentan como escenas concentradas, casi sermones impresos o visiones oníricas, donde la acción es mínima y el énfasis recae en la introspección y la repetición. Ullmann repite palabras, conceptos e imágenes de manera deliberada, generando un ritmo hipnótico que invita a una atención extrema sobre los detalles humildes. Por ejemplo, en el cuento “El ratón”, se dice: “El sonido del animal era constante, como una plegaria que perfora la noche”, evidenciando cómo la autora eleva lo trivial a lo trascendental y transforma lo simple en portales hacia lo infinito.
La prosa de Ullmann es poética y sensorial, con una economía de lenguaje que evoca la mística cristiana y la tradición del cuento fantástico europeo. Sus descripciones intervienen el realismo como “cuchilladas en un cuadro”, introduciendo desgarros fantásticos que pueden ser sensuales o inquietantes. En “Camino rural”, la narradora recorre un paisaje seco y hostil, sube a un carro y llega a una posada extraña, solo para ser expulsada por la confesión compulsiva de una vecina. Esta peregrinación, lejos de ser anecdótica, adquiere el carácter de alegoría espiritual en un mundo desolado, con ecos de parábolas bíblicas. La traducción de Rossell Ibern logra captar esta esencia, manteniendo la lentitud y densidad del original, aunque el desafío reside en la complejidad lingüística de Ullmann, que exige una profunda comprensión de su universo interior.
Uno de los relatos más destacados es “El ratón”, perfecto en su brevedad (poco más de ocho páginas), donde Ullmann despliega su maestría estilística. El cuento narra el molesto sonido de un roedor en una casa, culminando en su captura y muerte. A través de repeticiones y de una mirada compasiva, la autora eleva este episodio trivial a un himno sobre la vida y la nada, explorando la pulsión de muerte y la escritura como acto de fe. Como señala el narrador: “La presencia del ratón era tan pura como la ausencia que dejó tras su marcha”, invitando al lector a una contemplación casi meditativa y a cuestionar lo visible.

“Camino rural” explora la complejidad de la vida rural sin idealizarla, presentándola como un espacio periférico tocado por la modernidad y la alienación. Ullmann conecta el campo con la experiencia contemporánea, revelando tensiones entre espiritualidad y realidad cotidiana. Los personajes —jorobados, niños, viejos libidinosos, mujeres embarazadas— habitan un mundo aparentemente resignado, pero bajo la superficie laten pasiones ocultas: deseo, crueldad, belleza y fe.
Los temas centrales giran en torno a la mística del detalle humilde: lo mundano se impregna de lo divino, transformando animales, jardines y encuentros en revelaciones trascendentales. Ullmann explora la dualidad humana —belleza y crueldad, poesía y pulsión destructiva— con una sensibilidad que anticipa el existencialismo posterior. En “La niña”, por ejemplo, una mujer embarazada encuentra refugio en una casa campesina, simbolizando la vulnerabilidad y la redención en lo rural. Sin embargo, el campo no se idealiza: es un lugar de soledad, decepción matrimonial y muerte inminente, donde la espiritualidad surge como consuelo ante la insignificancia.
La colección refleja la biografía de Ullmann, pero puede profundizarse en cómo sus experiencias personales influyen en los temas y el estilo de sus relatos. La conversión religiosa de Ullmann se manifiesta en la búsqueda espiritual de sus personajes, mientras que su vida nómada impregna los relatos de una sensación de desplazamiento y marginalidad. Sus experiencias traumáticas en Múnich aportan una perspectiva de fragilidad y resistencia frente a la modernidad urbana, haciendo que la periferia rural absorba y resista los cambios del siglo XX. Ullmann no moraliza; observa con empatía, dotando a sus narraciones de una dimensión universal que interpela al lector contemporáneo.

“Camino rural” es una obra valiosa que, pese a su escasa difusión, ofrece aportes singulares a la literatura contemporánea en español. Ullmann, con una voz secreta y brillante, propone una literatura difícil de clasificar, que fusiona lo lírico y lo narrativo para revelar lo sagrado en lo profano. Aunque su densidad puede exigir una lectura pausada, recompensa con una profundidad emocional y filosófica notable. En un mundo acelerado, estos relatos invitan a detenerse y contemplar, recordando que la verdadera literatura transforma la mirada. Recomendable para quienes disfrutan de la prosa introspectiva, como la de Clarice Lispector o Franz Kafka, Ullmann reafirma su lugar como una mística moderna del detalle humilde.





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