Aquella tarde, mientras el sol se colaba perezoso por la ventana, me vi con ganas de cambiar las reglas. Cuando Alicia llegó, dejé el libro a un lado y, casi sin pensarlo, le solté:
– Alicia, ¿cómo crees tú que se hace un retrato literario?

Ella se quedó un segundo con la boca entreabierta, como si la pregunta le hubiera pillado con el pie cambiado, pero enseguida frunció el ceño y me devolvió una sonrisa traviesa:
– Pues… yo qué sé, supongo que cada uno ve el mundo a su manera, ¿no? Por eso los retratos nunca son iguales, porque al final nos quedamos con lo que nos llama la atención, lo que nos gusta… o lo que nos molesta.
– ¡Eso es! – asentí, apoyando los codos sobre la mesa y mirándola a los ojos. – Pero hay que ir un poco más allá. Un escritor tiene que ponerse en los zapatos de sus personajes, sentir como ellos, pensar como ellos. Si no, todos acaban siendo iguales, clones sin alma, ¿no crees?
– Entonces… ¿hay que fijarse bien y tomar nota de lo que hace única a esa persona?
– Exacto – le respondí, inclinándome hacia ella. – Pero además tienes que pensar cómo vería esos detalles el personaje desde el que quieres narrar. Es como elegir el enfoque de una cámara: decides qué quieres mostrar. ¿Te cuento cómo lo hacía Isherwood? Decía que él era como una cámara con el obturador abierto, captando todo sin juzgar. Al final, hay que revelar la imagen, fijarla en el papel.

Alicia se quedó pensativa, jugueteando con un bolígrafo entre los dedos, y después, con un brillo curioso en los ojos, volvió a preguntar:
– ¿Entonces hay que “recortar” lo importante de todo lo que vemos, como si hiciéramos zoom?
– Justo – le contesté, sonriendo y señalando la ventana, donde la luz se volvía dorada. – Si te quedas en lo general, te sale más bien una crónica, pero en el retrato literario lo que cuenta son los detalles. Mira, escucha este ejemplo: “Su eterna toquilla de lana negra, desgastada y con algunos lamparones ya viejos, cubría unos hombros enjutos y temblorosos que escondían un delgado cuello apergaminado como de garza donde todavía colgaba aquella medalla de oro que le regalase, hace mil años, el hombre por quien sus glaucos ojos ahora se humedecen.”
– Al leerlo, no puedo evitar imaginarme a una señora mayor, aunque no lo diga – murmuró Alicia, bajando la voz y clavando la mirada en el vacío. – Me la veo triste, con los ojos empañados.
– Exactamente. Eso te dice mucho más que simplemente decir “rubia, bajita, ojos castaños”. Lo especial está en lo que no se cuenta directamente.

– Entiendo – suspiró Alicia, y de repente se incorporó un poco en la silla, como animada. – El truco está en el enfoque y en los detalles.
– Eso es, y ahí entra el encuadre. Es como ponerle un marco a lo que quieres mostrar. Según el enfoque, eliges los rasgos, destacas lo que te interesa. Imagina una escena: plano general, una chica sola en mitad de un bar vacío; primer plano, el rostro de esa chica.
– ¿Y hay diferentes tipos de retratos?
Sí, cada plano puede ser formal, informal, espontáneo… Y la descripción puede ser externa, interna o mixta. Escucha: retrato externo de Aleixandre—“En el rostro de Miguel brillaban claros los ojos y claros, clarísimos, los dientes…”—y uno interno de Clarín en La regenta: “No renunciaba a subir, a llegar cuanto más arriba pudiese…”
– ¿Y la descripción mixta?
– La mixta va mezclando rasgos externos e internos. Mira este de Umbral: “Eusebio García Luengo (…) tenía los ojos muy negros, agudos bajo aquellas cejas tremendas, de un nietzscheanismo irónico y frustrado…”
Alicia asintió mientras mordía la tapa del bolígrafo, como si estuviera saboreando la idea. De repente, se animó a probar lo aprendido. Su mirada se fijó en una señora que pasaba por la calle y murmuró:

– ¿Podría ser estático o dinámico el retrato de esa señora? — preguntó bajito, casi para sí misma, como si estuviera ensayando.
Claro. Si la describes parada, es estático. Si la ves moviéndose, con el bolso balanceándose y el paso apurado, es dinámico. Igual que en Mutis o Cela: “De alta y desgarbada figura…” frente a “Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero…”
Alicia dejó escapar una carcajada, relajándose, y con gesto decidido empezó a tomar notas en la libreta, intentando captar algo de la escena real y de lo que acababa de aprender.
Cuando se levantó para marcharse, la luz del atardecer acariciaba su rostro. Se despidió con una sonrisa sincera, y yo me quedé mirando cómo el ambiente se impregnaba de todas esas pequeñas historias, como si hubiéramos conseguido, por un momento, enfocar la vida desde otra perspectiva.





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