Fue una noche cualquiera cuando descubrimos que Martín, al dormir, levitaba hasta rozar el techo. Al llegar el buen tiempo, nos vimos obligados a atarle una cinta larga a su tobillo y a la pata de la cama, temiendo que, con la ventana abierta, se escapara y se perdiera entre las nubes. Al despertar, se indignaba, creyendo que aquella era una broma pesada repetida hasta el cansancio. Nos miraba con esos ojos enormes de búho, entre ofendido y perplejo, mientras deshacía el nudo con dedos torpes. “¡Ya está bien de tonterías!”, protestaba, y nosotros, su hermana Clara y yo, conteníamos la risa. Pero no era ningún juego; era una extraña realidad que empezaba a inquietarnos.
La primera vez que lo vimos flotar nos quedamos petrificados. Era una noche de verano, la ventana abierta y el aire tibio colándose sigiloso. Martín dormía boca abajo, como siempre, con los brazos colgando a los lados. Pero algo era distinto: sus manos no tocaban el colchón. Lentamente, como una hoja mecida por una brisa invisible, su cuerpo se elevó unos centímetros. Clara, sin perder tiempo, me dio un codazo y señaló, boquiabierta. “¿Lo estás viendo?”, susurró. Yo solo pude asentir. Martín continuó ascendiendo, hasta que los rebeldes pelos de su coronilla casi rozaron el ventilador del techo. Fue entonces cuando Clara, más rápida que yo, tiró de su pierna y lo bajó de un jalón, como dice ella porque es canaria. Martín despertó sobresaltado, gruñendo y exigiendo que lo dejásemos dormir. No le contamos nada; ni siquiera sabíamos cómo.
Con el paso de los días descubrimos que no siempre ocurría; solo cuando Martín dormía profundamente. Si estaba inquieto o soñaba ligero, permanecía pegado al colchón. Pero en esas noches de sueño pesado, cuando el mundo desaparecía para él, ascendía como un globo de helio. Probamos de todo: ponerle almohadas pesadas encima, cerrar la ventana a pesar del calor sofocante, incluso atarlo con una cuerda gruesa. Nada resultaba infalible. Las almohadas acababan en el suelo, la cuerda se soltaba como por arte de magia, y Martín, al despertar, seguía sin creer una palabra de lo que le contábamos.
Clara, la más imaginativa, empezó a urdir teorías. “Quizá es un superpoder”, decía, mientras garabateaba dibujos de Martín volando sobre los tejados del pueblo. “O tal vez sueña que es tan ligero que su alma quiere escapar”. Yo no estaba convencido; me preocupaba más que alguien lo viese. En nuestro pequeño pueblo las historias volaban más rápido que el viento. Si la señora Rosa, la vecina chismosa, se enteraba de que Martín flotaba, en dos días hablarían de brujería o cosas peores.
Una noche, Clara tuvo una idea. “Vamos a seguirlo”, propuso. “Si se escapa por la ventana, lo seguimos y descubrimos a dónde va”. La miré incrédulo. “¿Y si se va muy alto? ¿Qué hacemos, trepamos las nubes?”. Pero Clara no se rindió. Esa noche, en vez de atarlo con una cinta corta, usamos una muy larga, apenas enrollada en su tobillo, y nos quedamos despiertos, ocultos en la esquina de la habitación. Martín empezó a flotar, primero despacio, casi imperceptible, luego girando suavemente como una hoja en el agua. La cinta se deslizó por la cama, y antes de reaccionar, Martín salió por la ventana, flotando hacia el cielo estrellado.
Clara me agarró del brazo y salimos corriendo. El pueblo dormía, sólo el canto de los grillos rompía el silencio. Miramos arriba y ahí estaba Martín, a unos metros del suelo, avanzando como si una corriente invisible lo guiara, rumbo al bosque que rodeaba el pueblo. Corrimos tras él, tropezando con raíces y piedras, el corazón en la garganta. “¡Martín!”, gritaba Clara, arrepentida, pero él no respondía; dormía y estaba perdido en su mundo flotante. Al final alcanzamos el cabo de la cinta, arrastrada por el suelo como una serpiente colorida.
Así, con Martín sujeto entre mis manos y la cinta lo suficientemente larga para que volara a su antojo, llegamos a un claro del bosque bañado en luz de luna. Martín se detuvo suspendido a tres metros del suelo, justo sobre un círculo de piedras que jamás habíamos visto. Las rocas brillaban tenuemente, como si ocultaran un secreto milenario. Clara y yo nos miramos, sin palabras, paralizados por el misterio. El aire ganó densidad, y un murmullo de voces lejanas llenó el claro. Martín descendió hacia el centro del círculo; al tocar las piedras, estas brillaron con más fuerza y una luz envolvió su cuerpo, dibujando en su rostro una sonrisa de felicidad pura.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, paralizados, solo recuerdo la Luna deslizándose hacia el horizonte occidental y la luz apagándose poco a poco. Entonces Martín, aún dormido, empezó a flotar de nuevo, esta vez de regreso a casa. Lo seguimos en silencio, incapaces de hablar. Al llegar, él se coló por la ventana y nosotros subimos las escaleras, jadeando. De vuelta en su habitación, Martín descansaba en la cama como si nada hubiera ocurrido. La cinta seguía en su tobillo, perfectamente enrollada.
A la mañana siguiente, Martín se despertó de mal humor, como siempre. “Otra vez la cinta, ¿eh? Ya no tiene gracia”, gruñó. Clara y yo nos miramos en silencio y sonreímos. No le contamos nada del bosque, ni de las piedras, ni de la luz. No era por falta de ganas; simplemente no sabíamos cómo empezar. Aquella noche nos dejó la sensación de haber rozado un misterio mayor que nosotros. Por más que buscamos a plena luz del día, aquel círculo de piedras en el claro del bosque jamás volvió a aparecer.
Desde entonces, dejamos de atarle la cinta. ¿Para qué? Las levitaciones de Martín se hicieron cada vez más raras, hasta desaparecer. Él se fue a la universidad y apenas lo veíamos, pero en las noches de verano en que regresaba, yo seguía entrando furtivamente en su habitación para comprobar si aún podía flotar. Nunca tuve suerte. Clara me preguntaba y yo le decía que, a veces, sonríe en sueños como aquella noche en el bosque, pero nada más. “¡Qué pena!”, dijo ella una vez. “Quizá estuvimos en ese mundo de fantasía donde los sueños son más reales que la vida misma”. Yo comparto esa sensación, pero ya es tarde…





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