Últimamente me ronda una duda de esas que no piden permiso: ¿son los hechos históricos más fiables que las afirmaciones del presente? A simple vista, la historia parece jugar con ventaja. Tiene documentos con olor a archivo, piedras desenterradas con paciencia, monedas, inscripciones, crónicas que han sobrevivido a incendios, conquistas y profesores con sueño. Todo eso inspira más confianza que un titular histérico, un vídeo recortado o un mensaje viral que cambia de versión antes de que termine el café. Los historiadores, con o sin gafas de montura gruesa, han tenido décadas —a veces siglos— para discutir, corregirse, odiarse con elegancia académica y componer una narración que, aunque nunca sea pura, al menos suele venir con cicatrices visibles.
El presente, en cambio, se parece más a un mercado en hora punta: ruido, prisa, vendedores de certezas y mercancía dudosa envuelta en papel brillante. Una noticia puede ser un montaje, un error, un deepfake o la ocurrencia de alguien con demasiada cafeína y una causa que vender. Además, los hechos recientes aún arden. Nadie suele perder la compostura por la Guerra de las Dos Rosas —salvo algún especialista con mala tarde—, pero pruebe usted a discutir una noticia de hoy y verá caer sobre su cabeza una lluvia de indignación, emoticonos flamígeros y palomitas digitales.
Ahora bien, conviene no ponerse solemnes demasiado pronto. La historia también tiene goteras: la escribieron a menudo los vencedores, la copiaron manos interesadas, la mutiló el tiempo y la adornó la propaganda. Los arqueólogos, por meritorios que sean, no siempre encuentran el cadáver, la carta comprometedora ni el recibo del soborno. Y el presente, por caótico que parezca, posee herramientas formidables: cámaras, registros, datos en tiempo real, análisis forense digital y mecanismos capaces de desmontar una mentira antes de que se ponga cómoda. Capaces, digo. Otra cosa es que se usen bien, con rigor y sin ese pequeño detalle tan humano de preferir que la verdad coincida con nuestras opiniones.
Entonces, ¿quién gana? Nadie, por fortuna. La fiabilidad no depende de la edad del hecho, sino de la calidad de las pruebas, del contraste de las fuentes y de la honestidad del intérprete. La historia tiene el encanto de lo decantado; el presente, la adrenalina de lo inmediato. Pero sin mirada crítica, nos pueden vender una fábula con toga romana o con cuenta verificada.

Para probarlo, nada mejor que invocar a un personaje exquisitamente incómodo: Cayo Julio César Augusto Germánico, conocido por la posteridad como Calígula. El apodo venía de caligae, las sandalias militares romanas. De niño acompañaba a su padre, Germánico, vestido con un diminuto uniforme de soldado, y los legionarios, que también tenían su lado tierno antes de saquear una ciudad, lo llamaron “botitas”. El mote, como ocurre con las bromas crueles y los malos retratos, resultó más duradero que muchas estatuas.
Su reinado fue breve —del año 37 al 41 d. C.—, apenas cuatro años, pero bastaron para alimentar una colección de historias donde lo absurdo se da la mano con lo cruel. Algunas pueden ser ciertas; otras, exageradas por enemigos políticos con buena pluma y escaso cariño. Porque, conviene recordarlo, las noticias falsas no nacieron con internet: solo han ganado velocidad y peor ortografía. Calígula fue retratado por autores como Suetonio y Dión Casio, que escribieron desde una tradición muy hostil al emperador y, sobre todo, cercana al punto de vista senatorial. Veamos, pues, algunas de sus estampas más célebres, con una ceja levantada y la otra vigilando las fuentes.
La anécdota más famosa asegura que quiso nombrar cónsul a su caballo Incitatus. Suetonio cuenta que el animal disponía de establo de mármol, pesebre de marfil, mantas de púrpura, collares con piedras preciosas, casa propia y servidumbre; Dión Casio añade que el emperador habría prometido hacerle cónsul si la vida —y la Guardia Pretoriana— se lo permitían. No hay prueba de que el nombramiento se consumara. De hecho, muchos especialistas lo interpretan como una burla al Senado: una forma nada sutil de decir que hasta un caballo podía desempeñar ciertos cargos con igual o mayor dignidad. La broma, admitámoslo, ha envejecido con una salud alarmante.
Calígula tampoco se conformó con ser emperador: quiso ser algo más, que suele ser el principio de muchas desgracias. Promovió su culto personal y apareció asociado a divinidades como Júpiter, Apolo, Venus o Hércules, con el vestuario correspondiente. En el mundo romano el culto imperial no era una rareza absoluta, pero él pareció llevarlo a un extremo incómodo incluso para quienes ya estaban acostumbrados a fingir entusiasmo profesional. Su intento de colocar una estatua propia en el Templo de Jerusalén, hacia el año 40 d. C., provocó una crisis seria con la población judía y solo quedó interrumpido por su muerte. Incluso los dioses, al parecer, tienen problemas de agenda.
Otra escena memorable lo sitúa declarando la guerra al mar. Según Suetonio, tras llegar a la costa de la Galia, ordenó a sus soldados recoger conchas como botín de guerra. La imagen es irresistible: legiones romanas derrotando al océano a base de paciencia, vergüenza y moluscos. Pero quizá no fuera simple locura. Algunos historiadores han sugerido que pudo tratarse de una ceremonia simbólica, una maniobra propagandística para maquillar una campaña fallida contra Britania o un castigo teatral a tropas poco obedientes. La propaganda, ya se sabe, siempre ha tenido talento para convertir un fracaso en desfile.
También destacó por un gusto carísimo por el espectáculo y el derroche. Se dice que dilapidó en poco tiempo buena parte de la fortuna acumulada por Tiberio, organizó banquetes deslumbrantes, sirvió extravagancias cubiertas de oro, levantó barcos de lujo con suelos de mosaico y convirtió el templo de Cástor y Pólux en una especie de antesala imperial. El lujo, cuando no tiene medida, deja de ser elegancia y se convierte en contabilidad suicida. Roma, que podía perdonar muchas cosas, rara vez perdonaba quedarse sin caja.
Su pasión por el teatro, los juegos y los gladiadores tampoco ayudó a mejorar su reputación entre la élite. Un emperador podía ordenar espectáculos; participar en ellos era otra cosa, mucho más vulgar a ojos de los aristócratas. Se cuenta que obligaba a senadores a presenciar sus actuaciones, e incluso a combatir o exhibirse en la arena. Si esto fue literal o amplificado, importa menos que su significado político: Calígula disfrutaba humillando a una clase que se creía destinada a gobernar el mundo y que, por supuesto, no soportaba que se lo recordaran con público.
Las fuentes antiguas lo pintan, además, como un hombre cruel, imprevisible y peligrosamente aficionado a convertir el miedo en sistema de gobierno. Hay relatos de ejecuciones caprichosas, amenazas durante banquetes y bromas que solo resultan graciosas cuando las cuenta quien tiene el poder de degollar a los oyentes. Pero aquí conviene separar el dato de la tinta venenosa. No parece cierto, por ejemplo, que degollase a un sobrino por toser demasiado ni que abriera el vientre de su madre: esas escenas pertenecen más al melodrama moderno que a la historia comprobable. Hollywood, cuando se pone romano, enseña muchas cosas: sandalias, columnas, músculos aceitados. Historia, no siempre.
Entre sus gestos más espectaculares figura el puente flotante sobre la bahía de Baiae, cerca de Puteoli. Suetonio describe una estructura formada por barcos mercantes anclados en doble fila, cubiertos con tierra para imitar una calzada, por la que el emperador cruzó a caballo y en carro durante dos días. El episodio pudo servir para desafiar una profecía atribuida al astrólogo Trasilo, según la cual Calígula tenía tantas posibilidades de ser emperador como de cabalgar sobre aquella bahía. También pudo ser una demostración de poder, una coreografía política o un monumento al ego con problemas de presupuesto. En cualquier caso, fue una imagen perfecta: un hombre construyendo suelo firme sobre el agua para demostrar que la realidad debía obedecerle.
El problema, claro, es que sabemos de Calígula a través de voces que no lo querían precisamente en la cena familiar. Suetonio escribió décadas después; Dión Casio, bastante más tarde. Ambos heredaron y reforzaron una tradición hostil. Eso no convierte a Calígula en inocente ni en víctima angelical de una campaña de prensa antigua, pero obliga a leerlo con cuidado. Su reinado fue turbulento: tensionó la relación con el Senado, gastó sin prudencia, subió impuestos, recurrió a la violencia y acabó asesinado en el año 41 d. C., a los veintiocho años, por miembros de la Guardia Pretoriana. No fue, probablemente, el monstruo de cada caricatura; tampoco parece haber sido una compañía recomendable para una sobremesa tranquila. Y así volvemos al principio. ¿Qué nos impulsa a juzgar a los demás con tanta alegría? Tal vez el deseo de desviar la mirada que podría caer sobre nosotros. Tal vez el placer, bastante barato, de ensuciar una estatua ajena para sentir más limpio nuestro pedestal. No lo sé. Sí sé que el impulso es antiguo, persistente y muy bien repartido. Quizá la virtud que más nos falte sea la humildad: ese modesto antídoto contra la superstición de creernos mejores que los muertos, que los vecinos y, en los días especialmente peligrosos, que nosotros mismos.





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