Alicia llega un poco tarde, con el abrigo abierto y el pelo ligeramente revuelto por el viento. Deja el bolso en una silla, mira alrededor como si buscara algo que se le hubiera perdido y sonríe al verme junto a la mesa, rodeado de papeles.
—Hace un frío raro para esta hora —dice, frotándose las manos—. En la calle parece que todo el mundo camina deprisa, como si llegara tarde a algún sitio.
—Será porque todos llegamos tarde a algo —respondo, apartando una taza vacía para hacerle sitio—. Al café, a una cita, a una decisión importante… o a entendernos a nosotros mismos.
Alicia se quita el abrigo, lo cuelga en el respaldo de la silla y se sienta frente a mí. Antes de hablar, echa un vistazo a las páginas subrayadas.
—¿Otra vez peleándote con un texto? —pregunta, inclinando la cabeza con curiosidad.
—Con una pregunta más bien —digo, tamborileando con los dedos sobre la mesa—. Dime una cosa, Alicia: ¿realmente sabemos cómo somos? ¿Somos capaces de definirnos con objetividad, tal como nos vemos desde nuestra perspectiva particular? ¿De verdad nos conocemos?
Alicia apoya los codos en la mesa y entrelaza los dedos. Durante unos segundos observa las hojas, como si la respuesta estuviera escondida entre las líneas. Como la veo debatirse entre la duda, decido ir al grano:

—Hoy hablaremos del autorretrato y por eso te he hecho esas preguntas, porque esa es precisamente la dificultad del tema —le digo—. En apariencia consiste en hablar de uno mismo, pero en realidad exige aprender a mirarse con distancia. Sirve para explorar nuestras cualidades y defectos, aunque la imagen que cada cual tiene de sí mismo siempre pesa demasiado.
Hago una pausa y levanto un dedo, como quien enumera una idea importante.
—Cuando alguien se autorretrata, suele ordenar los rasgos según la importancia que les concede: primero lo favorable, después lo menos agraciado y, al final, los defectos. También podría hacerlo al revés, claro, pero el efecto sería muy distinto. Por eso el punto de vista personal puede convertirse en un obstáculo narrativo: es parcial, subjetivo y, a veces, se disfraza de ironía o de falsa modestia.
—Entonces no se trata de halagarse —murmura, tomando una nota al margen.
—Exacto. Lo esencial no es complacer al autor, sino servir a la trama y al personaje, incluso cuando eso nos obligue a contradecir nuestros propios sentimientos.
Me recuesto en la silla y dejo el bolígrafo sobre la mesa.

—Entonces, la clave está en que el personaje resulte creíble, ¿comprendes? —digo—. No hay peor defecto que la falta de credibilidad. La voz narrativa debe administrar bien la información de la que dispone, porque un autorretrato solo será convincente si lo que dice el personaje sobre sí mismo es posible. Nadie puede verse de espaldas, por ejemplo; si alguien se describe desde esa perspectiva, ya no se está autorretratando, sino repitiendo lo que otros le han contado.
Alicia asiente lentamente, con una media sonrisa.
—Por eso conviene elegir solo los rasgos que la historia necesita —añado—: los demasiado comunes pueden sobrar por evidentes, y los demasiado raros también sobran si no encuentran justificación en el relato. Mira este fragmento de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
“Me acerqué y pude comprobar que era un hombre de raza blanca, como yo, y que sus facciones hasta resultaban agradables. La piel, en las partes visibles de su cuerpo, estaba quemada por el sol; hasta sus labios estaban negros, y sus ojos azules producían la más extraña impresión en aquel rostro abrasado. Su estado andrajoso ganaba al del más miserable mendigo que yo hubiera visto o imaginara. Se había cubierto con girones de lona vieja de algún barco y otros de paño marinero, y toda aquella extraordinaria colección de harapos se mantenía en su sitio mediante un variadísimo e incongruente sistema de ligaduras: botones de latón, palitos y lazos de arpillera. Alrededor de la cintura se ajustaba un viejo cintón con hebilla de metal, que por cierto era el único elemento sólido de toda la indumentaria.
-¡Tres años! – exclamé -. ¿Es que naufragaste?
-No, compañero – dijo – . Me abandonaron.”

Cuando termino de leer, Alicia desliza la hoja hacia ella y vuelve al comienzo del fragmento con el dedo índice.
—Aunque este pasaje no sea un autorretrato, funciona muy bien para entender lo que dices —observa—. La descripción no acumula rasgos de forma gratuita: cada detalle ayuda a imaginar lo que le ocurre al personaje. La piel quemada, los harapos, las ligaduras improvisadas y el cinturón viejo hablan de soledad, de abandono y del paso del tiempo.
Se detiene un instante, como si quisiera que la frase quedara suspendida en el aire.
—La descripción, cuando es eficaz, no adorna: informa y construye sentido.
Me inclino hacia delante, animado por la claridad de su explicación.
—De acuerdo. Entonces podríamos decir que el autorretrato tiene dos grandes enfoques: el externo y el interno. Explícamelo.
Alicia se acomoda en la silla y aparta un mechón de la frente.
—Veamos… En el enfoque externo describimos el cuerpo, la ropa, los gestos, la manera de moverse. Pero incluso ahí podemos introducir variantes según el contexto de la narración.
—Muy bien. Por eso, una de las variantes más eficaces es la ironía, porque permite tomar distancia de uno mismo y hablar de los defectos sin solemnidad. Observa este fragmento de La última viuda de la confederación lo cuenta todo, de Allan Gurganus.
“Ahora hay más agitación, la gente viene a visitarme a mí. Dicen que les intereso. Como tú, que has puesto esa grabadora sobre mi cama. Pero estás muy lejos. Acerca más esa silla de plástico, chica… Ahora está mejor. Una cara bonita. ¡Oh!, sé que aspecto tiene la mía: arrugada y abollada como una calabaza seca. Pero lo mismo pasa con lo que hay detrás. ¿No dicen que cuanto más lista es una persona más arrugado tiene el cerebro? Bueno, chica, si lo que hay dentro de mí tiene el aspecto de lo que me cuelga por fuera, creo que debo haber llegado al nivel de los genios.”
Leo el fragmento en voz alta. Alicia suelta una breve risa al llegar a la comparación de la calabaza seca.
—Ahí la vejez se describe con humor, pero también con lucidez —comento, cerrando un momento el libro—. Y ese mismo distanciamiento puede adoptar incluso un tono fantástico o cercano a la ciencia ficción. De hecho, algunos de los mejores autorretratos aparecen cuando quien habla de sí mismo parece hacerlo como si hablara de otro. En El interior de la noche, Antonio Tello lleva esa mirada más allá de lo real.
“Un amigo me salvó la vida y me condenó para su mayor gloria. Apenas si recuerdo aquel que era cuando comenzaron a correr de boca en boca historias extraordinarias sobre mí. Según mis contemporáneos morí de enfermedad primero y en una pendencia de juego después.
Lo cierto es que estoy cansado. Soy tan viejo que me pesan las generaciones pasadas y las que vendrán, la continua reiteración de lo creado, mientras la membrana que constituye mi cuerpo crece como una telaraña viva. Mi alma es ese débil filamento que se pierde en el negro celoma; una medusa brillante en las profundidades del tiempo donde estoy encarcelado.”

Después de aquel segundo fragmento, Alicia permanece callada unos instantes. Sus ojos siguen fijos en la página, pero parece mirar mucho más lejos.
—El otro enfoque es el interno —dice al fin, bajando la voz—. Ahí ya no importan tanto los rasgos visibles como los sentimientos, los estados de ánimo, los deseos, las fobias, las ilusiones o las frustraciones.
—Perfecto —le corto—. Este es un autorretrato más íntimo y poético, un viaje hacia el centro de ese pequeño universo que cada persona lleva dentro. Como ejemplo, podemos leer este poema de Miguel Labordeta, Violento idílico.
“Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.
Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie,
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
(…)”

Al terminar, ninguno de los dos habla enseguida. Afuera, el ruido de la calle parece haberse apagado. Cierro el cuaderno despacio.
—Entonces —digo—, el autorretrato no consiste en hablar de uno mismo porque sí, sino en usar esa mirada como un recurso narrativo —. Puede enriquecer una obra si aporta información, profundidad o conflicto —añade—; pero debe evitar la pedantería y la autocomplacencia. Solo merece entrar en el texto cuando ayuda a construir al personaje, a sostener la trama y a ofrecer algo verdaderamente significativo al lector.
Alicia asiente y recoge su abrigo del respaldo de la silla.
—Creo que por hoy ya tengo suficiente— dice y se marcha.





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