¿Qué hay detrás de la suavidad?

Nunca olvidaré cuando llegó con el cálido y mullido conejo tranquilo entre sus cálidos brazos de amante madre, gozando de sus caricias y sus palabras lentas y apacibles, alisándole sus largas orejas, lo que provocaba tal goce en el animalito que no podía evitar cerrar los ojos, mientras se calmaban los latidos de su pequeño corazón, hasta hace un instante desbocado.

Y, justo en el momento en que ya parecía dejarse vencer por el sopor, ella, en rápido movimiento, le levantó la cabecita con una mano estirando de sus apéndices auditivos y le rajó el cuello con un afilado cuchillo que blandía en la otra.

La sangre comenzó a manar a borbollones sobre un plato ya dispuesto de antemano, al mismo tiempo que sus fuertes patas traseras, tras amagar un inicial intento de salto, fueron perdiendo energía hasta quedar totalmente inertes.

Ella, sin perder en ningún instante la sonrisa que tanto embellecía su rostro, me dedicó una mirada satisfecha y depositó el blando cuerpo muerto sobre la mesa disponiéndose a desollarlo.

Yo me largué a toda prisa preguntándome si la próxima vez que me acariciara y me hablara con la dulzura con que solía hacerlo, no buscaría de reojo y temeroso la otra mano para ver si en ella empuñaba alguna arma mortífera…

Ahora, más de medio siglo después, he aprendido que la suavidad, en ocasiones, oculta otras cualidades bastante menos placenteras. A veces, es el escudo tras el que se defiende la brusquedad y la aspereza; en otras, lo amargo e ingrato no anda muy separado de lo blando y dulce; la mansedumbre puede ser el reclamo utilizado por la furia y el desequilibrio, y la moderación se ha convertido en simple propaganda para disfrazar ocultas intenciones.

Claro que no se puede generalizar y podemos afirmar que la suavidad real existe, pero ¿cuánto terror puede ocultarse tras la hermosa sonrisa, por ejemplo, de un niño? Porque seamos realistas, da mucho más miedo aquello que no te esperas… Y no es por desconfiar…

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