(Versión actualizada de una leyenda zulú de Sudáfrica)

En una mañana dorada de la sabana africana, cuando el sol empezaba a calentar la hierba alta y los pájaros cantaban como si estrenaran el día, una tortuga caminaba lentamente hacia un charco para beber agua. No tenía prisa. Las tortugas nunca la tienen. Cada paso era un toc… toc… toc suave sobre la tierra seca.

A lo lejos, entre las sombras moteadas de los árboles de acacia, unos ojos amarillos se abrieron de golpe. Era un leopardo hambriento. Llevaba dos días sin atrapar nada y su estómago rugía más fuerte que él.

—¡Por fin algo fácil! —pensó al ver a la tortuga—. No corre, no salta y no se esconde. ¡Hoy sí que como!

El leopardo se acercó sigilosamente, moviéndose como una sombra manchada. La tortuga, que no era rápida pero sí muy observadora, vio las manchas doradas acercarse y supo que estaba en peligro.

Sin perder un segundo, se metió en su caparazón y se quedó completamente quieta. Ni un temblor. Ni un suspiro. Solo una roca redonda y dura en medio del camino.

El leopardo dio un salto y cayó justo delante de ella.

—¡Te tengo! —rugió.

Pero al tocarla con la pata, frunció el ceño.

—¿Qué es esto? ¿Una roca? ¿O una tortuga disfrazada?

La empujó.
La olió.
La lamió.
La mordió un poco.
¡CLONK! Sus dientes chocaron contra el caparazón.

—¡Ay! —protestó, sacudiendo la cabeza—. ¡Qué roca tan dura!

Decidido a descubrir la verdad, el leopardo agarró la “roca” con las mandíbulas y trató de romperla contra el suelo.
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!

La tortuga, dentro, aguantaba como una heroína silenciosa. Cada golpe hacía temblar su mundo, pero sabía que si salía, sería su fin.

El leopardo, sudando y jadeando, probó otra idea:
—Si la lanzo desde más alto, seguro que se rompe.

Subió a una roca grande, cargó con la tortuga y…
¡ZAS! La dejó caer.

Nada.
La tortuga seguía siendo la roca más dura de toda la sabana.

El leopardo, agotado, se tumbó en la hierba.
—No puede ser… —bufó—. ¡Estoy intentando comerme una piedra!

Cuando por fin se rindió y se alejó, derrotado y sin fuerzas, la tortuga esperó unos segundos. Luego asomó la cabeza, respiró hondo y miró alrededor.

El leopardo ya era solo un punto lejano entre los arbustos.

La tortuga sonrió con calma.

—A veces —dijo mientras retomaba su camino— no hace falta correr. Basta con saber cuándo quedarse quieto.

Y desde aquel día, los animales de la sabana contaron la historia de la tortuga que venció al leopardo sin moverse ni un centímetro.

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