
Escalera interior (Tusquets, 2025), compilado por Elisa Ferrer, reúne más de cien textos —entre columnas, relatos breves y crónicas— que Almudena Grandes publicó en El País Semanal. Más que una novela al uso, este libro funciona como un álbum de escenas, recuerdos y observaciones que permiten acercarse a su faceta más íntima y cotidiana. Da la sensación de estar ante una pieza que completa su obra desde un lugar muy humano: el de la escritora que mira, escucha y convierte lo pequeño en algo significativo.
El título no puede ser más acertado. Una escalera interior es un lugar de paso, pero también de convivencia: allí se mezclan olores de comida, ruidos domésticos, saludos rápidos, secretos compartidos y pequeñas escenas de barrio. Almudena Grandes convierte ese espacio común en una metáfora de la vida corriente, ese territorio aparentemente modesto donde, si se sabe mirar bien, late toda una novela de lo humano.
El libro recorre asuntos muy diversos, y ahí está buena parte de su riqueza. Hay recuerdos familiares —como los veranos en Rota o la cocina madrileña—, pero también retratos de personajes anónimos que se quedan en la memoria por su fuerza y su verdad. Desfilan figuras como la monja que descubre demasiado tarde que no tenía vocación, Mercedes “la de los grifos”, capaz de desafiar el franquismo con sus carnavales, o el médico Darío Álvarez Blásquez. Junto a ellos aparecen temas centrales en la obra de Grandes: la memoria histórica, la justicia social, el amor, la maternidad, el envejecimiento y esa rutina doméstica que ella sabía narrar sin restarle profundidad.
Conviene tener claro que no se trata de un libro uniforme, y eso no es un defecto, sino parte de su encanto. Aquí conviven textos con estructura de cuento, crónicas periodísticas y pasajes casi ensayísticos. Esa mezcla refleja muy bien una de las señas de identidad de Almudena Grandes: nunca entendió la literatura como una frontera rígida entre ficción y realidad, ni entre lo privado y lo colectivo. En sus páginas, una vivencia íntima puede acabar iluminando una época entera.
Lo mejor del libro es, quizá, encontrarse con Almudena Grandes en estado puro. Su gran virtud sigue intacta: esa capacidad de convertir lo aparentemente insignificante en algo revelador. Escribe con calidez, con precisión y con una enorme sensibilidad sensorial; uno casi puede oler las cocinas, escuchar las conversaciones o notar el peso del tiempo en los cuerpos y en las casas. Y, sin embargo, nunca cae en el exceso ni en la sentimentalidad fácil.
También impresiona su talento para dibujar personajes en muy pocas páginas. Le bastan un gesto, una conversación o una costumbre para levantar una vida entera. Son personajes contradictorios, frágiles, entrañables o ásperos, pero siempre reconocibles. Esa es una de las claves de su escritura: la ternura nunca borra la lucidez. Al contrario, convive con una mirada crítica sobre las injusticias, las hipocresías sociales y el desgaste que trae el paso del tiempo.
Aunque cada texto puede leerse de manera independiente, el conjunto termina formando una especie de retrato coral de la España de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Son, por decirlo así, los peldaños de una misma escalera: piezas autónomas que, al unirse, construyen una visión de país desde abajo, desde la vida de la gente corriente. En ese sentido, el libro enlaza muy bien con su narrativa más ambiciosa, especialmente con Episodios de una guerra interminable, donde también supo convertir la experiencia individual en memoria colectiva.
Como ocurre con casi todas las recopilaciones, el libro tiene muchas virtudes y también algunas limitaciones. Entre sus mayores aciertos destacaría, en primer lugar, el profundo humanismo de Grandes: su capacidad para empatizar con quienes suelen quedar al margen y para darles una voz literaria sin idealizarlos. También sobresale su compromiso, firme pero no panfletario; sus convicciones feministas, republicanas o antifranquistas no aparecen como consigna, sino encarnadas en historias concretas. Además, el volumen posee un valor especial porque deja ver a la autora de una manera muy cercana: sus gustos, sus enfados, su forma de recordar Cádiz y Madrid, su relación con la cocina y con la vida cotidiana. Entre los aspectos menos logrados, puede señalarse cierta repetición temática y una intensidad desigual entre unos textos y otros, algo comprensible en un volumen de procedencias diversas. Y quien espere una narración continua, con desarrollo novelesco, probablemente se encontrará ante un libro más fragmentario. También es posible que su posicionamiento ideológico explícito no conecte igual con todos los lectores.

Escalera interior quizá no sea la puerta de entrada más evidente a la obra de Almudena Grandes —para eso suelen citarse antes Las edades de Lulú o El corazón helado—, pero sí es uno de sus libros más reveladores. Aquí aparece menos la gran arquitecta de novelas y más la observadora aguda de la vida diaria, la escritora que sabía encontrar grandeza en lo humilde y convertir lo cotidiano en materia literaria de primer orden.
En un tiempo tan acelerado como el nuestro, estas páginas recuerdan algo esencial: prestar atención a lo cercano sigue siendo una forma de inteligencia y también de resistencia. Al vecino, al gesto diario, a la memoria compartida, a esas vidas que parecen pequeñas y no lo son. Ese es el gran logro del libro: hacer visible el murmullo de la vida real y demostrar que, en manos de Almudena Grandes, ese murmullo puede convertirse en literatura duradera.
En definitiva, estamos ante un libro entrañable y valioso, no solo para completar el retrato de Almudena Grandes, sino también para recordar por qué sigue siendo una de las voces más queridas, lúcidas y necesarias de la literatura española contemporánea.





Deja un comentario